En una obra musical, el primer impulso sónico rompe la virginidad del «lienzo en blanco». El acorde y/o ritmo iniciales inmediatamente generan expectativas que, a su vez, generan preguntas que seguramente van a alimentar el fragmento de música siguiente.
Una vez que el músico ha escrito algo (o tocado en el caso de la improvisación), la cosa que sea, lo subsiguiente debe tener una íntima relación con ello. Habrá que reaccionar «con eso» o «contra eso», como muy acertadamente propone Nachmanóvitch: «existirá un patrón que MODULAR, REFORZAR o QUEBRAR».
Las primeras elecciones a las que puede optar el compositor, están muy abiertas. Existe una miríada de posibilidades potenciales. Pero a medida que se avanza, las elecciones que hicimos afectarán indefectiblemente a las nuevas, y cada vez se irá cerrando más el cúmulo de soluciones melódicas, armónicas y rítmicas.
Ahí jugará un papel importante lo que Glenn Gould definió como «cociente de sorpresa».Conrad Setó
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