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Data de publicació

13 febrer 2024

“Quisiera que recordaras los días felices”, dice la canción.
Yves Montand, súper clase y de negro, recitando los primeros versos con voz grave y penetrante de “Les feuilles mortes”.
Crecer con él, la chanson française, su emoción y la nostalgia.
Con “La vie en rose” de Edith, los susurros y su mirada triste.
En la desolación también se esconde la belleza.
Con Brel y su “Ne me quitte pas”. No me dejes, todo puede olvidarse.
Ofreciendo su desesperación en perlas de lluvia y oro.

Regresar a un taller de pintura en París, de techos altos, de luz hermosa. Donde mi abuelo húngaro, Georges Simonka, pintaba sus lienzos.
La infancia era en francés y en olor a acuarela.

Las hojas muertas regresaban en otoño, y permanecían en invierno, en las calles y en la memoria.

En dos almas solitarias, Ansa y Holappa.

En “Fallen leaves”, sus vidas y desencuentros no impiden la posibilidad del amor.

Hay una grieta de luz en una ciudad gris, en un mundo de guerras sin sentido, en una sociedad explotada que apenas tiene nada.

La esperanza vive en sus gestos y en los silencios. Escenas llenas de belleza y verdad, en un viaje en tren, en la distancia de un sofá, en una cena para dos en color pastel.

En su mirada y en sus palabras, se esconde la incertidumbre de los días.

Siempre hay espacio para soñar. En sus encuentros hay música, cine, humor, ternura. Pausas hermosas. Actos sencillos que conmueven.

Kaurismäki nos ofrece la posibilidad de entrar en su intimidad.

Son seres de ficción reales. Seres llenos de dignidad. No pueden caer, no está permitido. Siempre hay que avanzar.

En un camino repleto de hojas secas, la vida nos regala la belleza de un paisaje asombroso.

El sosiego y la esperanza, al fin.

Article de Vanessa Simonka

Foto: Isabel Wagemann.

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